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Plaza de Toros
Hoy he venido a hablar de mi libro.
Muchos colegas me habéis preguntado la razón de mi no asistencia a la feliz Noche de las Telecomunicaciones del pasado 10 de junio. Sucede que el evento coincidió en fecha y hora con la presentación de mi último libro, “Plaza de Toros”, (Ed. la Isla de Siltolá) en la Plaza de Toros de Espartinas.
Y a pesar de que el don de la ubicuidad es algo que casi hemos conseguido con nuestra tecnología, no fue posible estar en las dos noches a la vez.
Cuando mis compañeros me invitaron a hablar en este foro, me pidieron que lo hiceran en la sección de Cultura y como estoy convencido de que los toros son Cultura y de que hay muchos y buenos aficionados en nuestro colectivo quiero, -pasados los efluvios del mundial de fútbol, y ahora que arrecia la gran temporada en nuestros pueblos y ciudades- dejarles aquí la transcripción de mi intervención en ese acto, fue una pena la coincidencia, que tangan buen verano, no vemos en San Gabriel.
La referencia del libro la tienen aquí, como se suele decir en estos casos, está a la venta en las mejores librerías.
BUENAS TARDES, CON SU PERMISO
El reglamento taurino determina que el matador antes de empezar la faena de muleta se acerque al palco presidencial para solicitar la venia a la autoridad, representada aquí por el Ayuntamiento de Espartinas, la Delegación de Cultura y los gestores de la Plaza de Toros a quienes estoy profundamente agradecido por el cuidado que han puesto en la celebración de este acto.
La diplomacia y el protocolo, sin embargo, otorgan a los jefes de estado y los monarcas privilegios y distinciones por el rango que ostentan que modifican el orden de prelatura por lo que en consecuencia yo debo ahora saltarme el reglamento.
No me dirigiré a la presidencia, no haré la cumplida reverencia a las autoridades con la que acaba el paseíllo y empieza la fiesta, la dejo para luego.
Permitid que mis primeras palabras sean para los héroes, para los toreros aquí presentes, los protagonistas de este libro que en mi imaginario particular ocupan el más alto trono, conquistado en la arena solar, en el albero de la gloria, dice Píndaro en su Olímpica VII, dedicada a Diágoras de Rodas, púgil:
“Zeus, concede al hombre que alcanzó la gloria por sus puños el venerado prestigio entre propios y extraños. Porque él sigue sin torcerse un camino que aborrece la soberbia y conoce bien lo que advirtieron las rectas inteligencias de sus nobles antepasados.”
Que no es sino la forma clásica de decir lo que el pueblo siempre ha pregonado en las calles de Sevilla: “ahí va un torero”.
Y termino mi principio con otro principio nuevo, gracias a todos por venir, pero especialmente gracias a los muchachos y niños de la Escuela Taurina de Espartinas, miradlos, ved a los toreros, ellos son los héroes, los hombres de los que hablo en este libro, pero vosotros sois los héroes del futuro.
Os hablaba de Píndaro y de las olímpicas, en unos días la televisión estallará, echa añicos por los balones del mundial de fútbol. El deporte lo ocupa hoy todo en los medios de comunicación, pero la televisión no ama al deporte, que se acrisola en un lento y diario entrenamiento, sino que vive en una perpetua exaltación del instante que es NADA y ha hecho falsamente suyo el lema olímpico CITUS ALTIUS FORTIUS, más deprisa, más alto, más fuerte, y lo ha trasladado fatalmente a la juventud. El toreo, que se planta desnudo ante la muerte, cuestiona esta escala de valores porque propone otra, MÁS LENTO, MÁS BAJO, MÁS SUAVE.
Una escala de valores perdurables que propone frente al miedo el valor y la confianza en uno mismo y en unos compañeros que eventualmente se jugarán la vida por la tuya.
Si el espíritu de sacrificio de estos muchachos que cada tarde torean de salón en esta plaza y en las de las decenas de escuelas taurinas de Andalucía, si el espíritu de sacrificio del los toreros verdaderos se extendiera al conjunto de la sociedad no habría crisis porque no habría miedo.
Vaya ahora mi saludo, mi petición de venia más respetuosa al pueblo y la gente de Espartinas, muchas cosas me unen a este lugar donde se encuentra la mejor Plaza de Toros de la provincia de Sevilla, la única en la que he visto indultar un toro, al maestro Enrique Ponce. A solo unos cientos metros de aquí, en el convento de Loreto, me casé con Rocío, la madre de mis dos hijas.
Entre las columnas toscanas y las cadenas que flanquean el dintel de La Puerta del Príncipe, figura en letras de bronce la siguiente leyenda:
PLAZA DE TOROS
Cuando agrupé la carpeta de textos y poemas sobre el toreo que constituyeron el germen de este libro bajo el título, tan sencillo, de PLAZA DE TOROS buscaba que el libro fuese en sí mismo una plaza: un lugar sobre el que se acumularían toreros, faenas y gestas.
Querría que ustedes al ojear o leer el libro, al disponerlo en su estantería sintieran que en su casa existe un lugar, una plaza de toros atemporal donde perpetuamente sucede la liturgia y el ritual, de la tauromaquia.
Mi plaza quedó escrita, pero estaba vacía, podemos cantar al héroe, pero es necesario fijarlo de perfil
Era necesario disponer sobre ella los carteles que anunciasen a las figuras, era necesario disponer un friso, pintar en un ánfora los trabajos de los héroes.
Y era necesario, además, que a manera de cinematógrafo los héroes cobrasen vida al paso de las páginas.
Para lo primero acudí a Pablo Pámpano, a quien desde hace mucho habían llamado la atención las imágenes literarias de mis poemas, pensamos juntos que trabajar sobre la materia del toreo podría dar un resultado más visual, por la plasticidad inagotable de la Fiesta.
Para dar cuerpo al libro apareció la Isla de Siltolá y su editor Javier Sánchez Menéndez que desde el primer momento apostó por el él, como un objeto bello, como una plaza de toros de la mejor fábrica.
Gracias Javier, desde que te conozco todo lo que me ha pasado ha sido literaria y literalmente bueno, en una ocasión te dije que eras un Quijote de la poesía.
Al mundo le hace falta gente con tu generosidad y tu talento literarios y empresariales, con tu irreverencia y tu punto de locura.
Espero que con esta Plaza no contribuyamos demasiado a tu ruina porque en España editar poesía es llorar, como decía Larra de escribir.
Hay quien te da el título de mecenas, nosotros hoy te consideramos nuestro apoderado.
Y para abrir Plaza, como ha señalado mi querido amigo el poeta cacereño Santos Domínguez, necesitábamos a un maestro que fuera por delante y nos dejara, con los capotazos precisos, el toro en suerte. Lorenzo, gracias por el prólogo que tanto ha gustado, que nos acompañes en el libro, es un lujo.
Cambio de tercio, como estamos en una Plaza de Toros si ven que me alargo no duden en darme un aviso.
Como el Reloj Orológico de la Plaza de San Marcos en Venecia, como el reloj astronómico de Praga, la Plaza de Toros es parecida a la circunferencia de una esfera armilar donde el público y el torero se exponen a los recurrentes ciclos de la naturaleza caracterizados por la dualidad, –SOL Y SOMBRA-, como el YIN y el YAN de la China.
Este libro arranca en mitad del verano, con la Asunción de María, cuando la fiebre del toreo arde en las Plazas de España y termina, anunciando una nueva primavera cósmica, con el cierre de la temporada por otoño.
Entre ambas efemérides que abren y cierran este anillo, se resume la historia de la tauromaquia con poemas en prosa dedicados a los toreros que se enfrentan mano a mano, a través de las eras geológicas de la tauromaquia.
Joselito y Juan Belmonte, en la Edad de Oro de la tauromaquia.
Manolete y Pepe Luis, en el blanco y negro de nuestra posguerra.
Antonio Ordoñez, la majestad absoluta en la soledad de Ronda.
Curro Romero y Rafael de Paula, o el toreo de arte.
José Tomás y Morante de la Puebla, como representantes de las dos tendencias extremas del toreo eterno y pilares que sustentan la fiesta en su concepción litúrgica.
Porque hay que entender que cada torero figura aquí como un arquetipo o emblema que puede englobar muchas tauromaquias y lo más difícil ha sido prescindir de ciertas figuras, esta plaza las quiere abrazar a todas.
Caigo en la cuenta ahora de que todos los toreros son andaluces menos uno, no lo había pensado, pero nadie le pregunto la nacionalidad a Hércules cuando vino de Grecia a enfrentarse a los toros de Gerión en la mítica argónida del Coto de Doñana.
Y sin embargo en las costas griegas de Cataluña se han alzado voces inoportunas que quieren prohibir la fiesta de los toros. No lo conseguirán aunque dispongan de medios burocráticos para ello, si en las calles del delta del Ebro sigue corriendo el toro, será necesario el héroe que lo lidie y mate a estoque.
Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía, ante los derribados muros de Troya, ante los derribados muros de las Plazas de Toros, aún resuenan las atronadoras voces de mando de aqueos y troyanos, han pasado miles de años, pero Aquiles, Héctor o Patroclo aún luchan frente a la amplia muralla de Ilión por la belleza de Elena, gracias al canto de Homero.
Los toros son cultura y esto es lo que ha buscado este libro, para, modestamente, resumir la historia de la tauromaquia, como lo que es: una página indeleble de la Historia de la Humanidad.
Ningunear esta danza fugaz al borde de la muerte, trivializarla, reducirla a simple espectáculo, rebajarla a charlotada anteponer a ella un ecologismo fundamentalista, es degradarla y no debemos consentirlo.
Por eso agradezco infinitamente a Pablo que haya querido ilustrar y dar vida a estos héroes de papel y oro, y a Siltolá que les haya dado carne y sangre de tinta para volver a torear.
Gracias Pablo por dar vida, por inscribir en el Partenón de estas hojas la imborrable efigie de los últimos héroes: aquel adolescente que veía en la Plaza de Toros de Sevilla, un vestigio romano que le decía lo antigua, noble y buena que era su ciudad, aquel joven que en el granito duro de las ventas fue herido por el sol y el hombre que cada domingo ve arder el sol sobre el oro de lo trajes de luces de la Maestranza, te estará eternamente agradecido por haberle dado vida a sus criaturas.
Por haberlas vestido de papel y oro.
Siento que al escribir este libro cumplo un deber, en la maravillosa serie televisiva “Juncal”, Paco Rabal decía que los médicos habían nacido para curar a los toreros, los pintores para pintar a los toreros, los arquitectos para hacer plaza de toros y los poetas habían nacido, claro, para cantar a los toreros, hasta el poeta Rainer María Rilke, quien hizo latir sus ángeles terribles junto al abismo de la Plaza de Toros de –Ronda, que también figura en el libro el poeta más delicado del Imperio Austrohúngaro que nunca fue a una corrida dedicó un poema Paco Montes, Paquiro.
Quien apuesto, impasible, y sin odio
apoyado en sí mismo, sereno, sosegado,
hunde casi blandamente el estoque
en la gran ola que rueda y retorna,
y su ímpetu se ahoga en el vacío.
Muchas cosas me unen al pueblo de Espartinas, aquí a solo unos cientos de metros, en el convento de Loreto, hay enterrado un sacerdote, Fray Pacífico, a quien juntos y al alimón Pablo y yo hemos querido dedicar este libro porque nos enseñó a hacer, como hombres, como toreros, el paseíllo de la vida.
Me comentaba hace poco el maestro Esplá algo de lo que yo no me había percatado: sólo tres profesiones se visten de oro, el torero, el sacerdote y el militar, porque las tres se enfrentan al gran misterio que es la muerte.
Misterio que ellos, los toreros, y nosotros, los poetas y los artistas, queremos esquivar a través de la belleza.