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Origen (la película)
[Contiene spoilers, pero creo que dan igual, nadie que la haya visto se ha enterado…]
La originalidad de esta magnífica película reside no sólo en revisitar el mundo de los sueños, tan abandonado después de las excursiones surrealistas y psicoanalistas del siglo XX, sino en representar este mundo como un escenario activo, no pasivo, compartido por los personajes y, en consecuencia, por el espectador.
Hasta hace poco los sueños en el cine eran un recurso para alterar la trama, un teatro en el teatro donde el espectador debía resolver si lo que veía pertenecía a la realidad o no. Aunque cabría preguntarse a qué coordenadas de realidad, pues todo sucede, a la postre, en la retina.
Técnicamente el artificio no puede cambiar en este film, que se postula pretenciosamente como el escenario de la mente, pero se perfecciona por el procedimiento de la anidación de los sueños, como muñecas rusas, que además interaccionan entre sí en las distintas superficies compartidas.
Para disimular “el truco” se acelera la trama y se le añaden multitud de detalles discordantes, según el ardid de las series televisivas de éxito (“Perdidos”) que inventara David Lynch (“Twin Peaks”), y que no eluden una imposible explicación racional a la manera de “2001, Una Odisea en el Espacio” de Kubrik.
El espectador sale a la vez fascinado y desconcertado. No es de extrañar que el crítico Rodríguez Marchante aconsejase en su video blog una desintoxicación a base de “La Sirenita”, de Walt Disney.
Por mi parte añadiré que para mí la película ha sido mucho más compleja de entender que para el resto de los espectadores, porque, por no hacer mudanza en mi costumbre, me eché una cabezadita cinematográfica, de esas en las que uno lucha por no perder el hilo de Ariadna, que por cierto es el nombre de una de las protagonistas.
Como tengo la costumbre de dormir poco debo aprovechar estos interludios cinematográficos. La verdad es que podría hacerlo en las rectas de las autopistas, mientras conduzco, pero me parece poco considerado con la DGT…
Sucede, además, que sueño mucho, por lo que, sin buscarlo, añadí una cuarta incógnita a los tres niveles oníricos con los que nos distorsiona la película. Ciertamente no sé en qué partes dormí o cuáles me soñé, pero, sinceramente, no importa, creo que tampoco lo sabía el director, Cristopher Nolan, al que admiro mucho por su adaptación de Batman, “El Caballero Oscuro”.
Ahora lo admiro más: nada había más aburrido que contar un sueño, el ha conseguido la pirueta de contarnos al menos tres, ¡y durante 2 horas y media! Eso sólo está al alcance de los genios.
Su misión era plantear la paradoja, no resolverla. Menos mal que no la rodó en 3D, porque entonces serían 12, ya no sé, claro, si las ecuaciones o las incógnitas.
Y eso que les juro que, siguiendo las recomendaciones de Leonardo Di Caprio, me aferré fuertemente a mi “tótem”, para no perder el referente de mi realidad: un vaso gigante de coca-cola, con toda su cafeína, y el ineludible cartón, también gigante, de palomitas de maíz.
En fin, antes de este film yo sabía de sueños lo que todo el mundo: a saber, que hay varias fases y un grupo de música pop muy conocido que se llama como una de ellas –REM-; que por no ir a la zaga hay otro grupo español, más cursi, que se ha puesto de nombre “El Sueño de Morfeo”; que un señor de Viena llamado Sigmund se hizo un lío enorme con las serpientes y nos arrastró, de paso, a todos, dejándonos acomplejados; que existen varios tipos de sueño, de los cuales los más destacables son las pesadillas y los sueños eróticos y que, en general, sólo se cumplen los primeros, por lo que también se los denomina, proféticos, sobre todo cuanto tienen que ver con el trabajo…
Además, para soñar había varios procedimientos consolidados: la tradicional cabezadita o “siesta del burro”, la siesta propiamente dicha, con la versión castiza y contundente de orinal y jaculatoria, modernamente adjetivada como mediterránea, y el insomnio nuestro de cada día que termina cuando suena el despertador.
Con esta película la cosa se complica, en “Origen” se proponen sueños participativos, en grupo, como en una verbena y en diferentes niveles por lo que, en rigor, y como sucedía en “Avatar”, esta película no es sino un reflejo de los nuevos modelos de relación social, abrumados por la tecnificación.
Aquí el sueño es un videojuego en red: los seres humanos hemos optado por la realidad virtual o aumentada, por lo que comportan de social, de oportunidad relacional alternativa.
Y lo hemos hecho al tiempo que abandonamos los modelos sociales anclados en la realidad real, ya ni la lectura, ni el cine clásico nos satisfacen.
Necesitamos una máscara.
Sorprende, a la luz de esta película, releer “La Vida es Sueño”, de Calderón, porque después de cuatro siglos el hombre sigue dándole vueltas al mundo de la caverna, al mundo como realidad o representación.
Tenemos técnica y tenemos más preguntas, pero no tenemos ninguna respuesta universal.
Aún así sigue siendo bien fácil distinguir un sueño de lo que no lo es (éste es quizá el punto flojo de la película). Resulta, sin embargo, mucho más complejo distinguir la realidad de la realidad (esta es la gran verdad de la película).
Asomados a la ventana electrónica de las redes sociales y los espacios virtuales, al correo electrónico y al i-phone, hemos despersonalizado nuestra relación con el mundo a cambio de un nuevo paradigma aún por definir.
En el antiguo modelo, para inocularnos ciertas ideas, bastaba con una secuencia entre fotogramas, con un pantallazo de publicidad subliminal, o con algo de propaganda para inducirnos a beber un refresco espumoso en el descanso. A lo más que se atrevía el cine era al tradicional lavado de cerebro de las películas de espías…
Se trataba de procedimientos inocentes e ineficaces.
Ahora, en cambio, todo es más diabólico, y lo peor, más sencillo, basta con inocular un pensamiento en uno en varios de los niveles de realidad virtual en que habitamos para dotarles de credibilidad.
Nuestros espacios mentales y reales no coinciden, nuestros avatares están confundidos.
Antonio Machado, en el famoso poema del niño que soñaba un caballo de cartón, se preguntaba insistentemente: “¿tú eres de verdad o no?”
Bien, la pregunta que yo me hago tras haberme dormido soberanamente en esta película es hasta qué punto nos interesa la verdad, qué espacio de conocimiento hemos cedido a otros, ya sean Wikipedia, Google o Facebook. Y cuáles son las consecuencias que se derivan, ahora que parece que la verdad no importa, de haber realizado estas concesiones de nuestra inteligencia y nuestra humanidad.
Se especula en el film con el propósito de cambiar las ideas de alguien introduciéndose en su subsconciente a través de la pasarela de los sueños, a fe que en mi caso lo han conseguido porque salí de la sala con la sensación, sincera, de haber asistido a una obra maestra. Si acaso no me he quedado en el limbo de las butacas, como un astronauta, eternamente vagando en estos circunloquios…
No se la pierdan, por mi parte confío en no habérsela destripado, mayormente para que me la cuenten en el próximo san Gabriel, que por cierto este año cae en huelga general.
Y es que esto de las vacaciones sí que ha sido un sueño visto y no visto.
La realidad empieza ahora, bienvenidos.